La Santísima Virgen en los Sermones de    San Vicente Ferrer
Fray Emilio Sauras, O. P.

San Vicente Ferrer es un santo de personalidad muy acusada, y al mismo tiempo muy diversa. El Señor le dio multiplicados los carismas como luego vamos a recordar. Y, por el hecho precisamente de poseer una personalidad tan compleja, resulta fácil deformarlo. Fue extraordinario en muchos aspectos de la vida civil y de la vida religiosa. Actuó en muchos sectores y de múltiples maneras. Y a veces sucede que, por marcar el acento con demasía, y yo diría que hasta casi exclusivamente, sobre una de sus actividades, se nos presenta un Vicente apócrifo o amputado. Como si sólo fuera, por ejemplo, el santo de los milagros o un excelente y eficaz predicador. Es cierto que fue esto; pero no es menos cierto que fue mucho más. Y en gran escala.

La Iglesia acaba de reconocer en la reciente reforma del calendario litúrgico su extraordinaria personalidad. Pocos son los santos que haz quedado en él para que en su día los venere toda la cristiandad, uno de estos pocos es San Vicente. Sin duda porque con su actividad no se hizo presente sólo en Valencia, en Aragón y en España, sino en la Iglesia entera. Como predicador recorrió varias veces todos lo caminos de la cristiandad, a la manera como Pablo recorrió varias vece los del Imperio. Y, como consejero del papa de Aviñón, no dejó de influir en el proceso del cisma de occidente.

Pero acabamos de decir que su personalidad era muy compleja destacando sobremanera en muchos aspectos de la vida ciudadana y de la vida religiosa. Era un santo cuya actividad se dejaba sentir en la ciudad terrena y en la ciudad de Dios con plurales influencias. Poseía en abundancia esas gracias que hoy se llaman carismáticas, además de poseer en grado muy alto la gracia de la santidad. Y por esto añadió a su santidad personal, vivida por la gracia santificante y por el ejercicio de las virtudes más excelsas un cúmulo de esos dones que el Espíritu reparte para la común utilidad. Decimos que fue carismático en plural, porque fueron muchos y de muy diversa índole los carismas que recibió, utilizándolos todos con mucha eficacia. Fue taumaturgo, fue predicador, fue consejero del rey de Aragón, fue diplomático en Caspe, fue consejero y capellán de Benedicto XIII en Aviñón, fue maestro en teología y profesor, fue escritor acertado y profundo.

Difícilmente se encontrará en toda la Historia de la Iglesia un santo en quien el don de hacer milagros se haya prodigado como en él. Es probable que no todos los que se le atribuyen sean historia. Pero, aunque haya en el ejercicio de su taumaturgia algo de leyenda, está fuera de duda la facilidad con que prodigaba los hechos milagrosos. En gracia a esta facilidad se le atribuyen incluso algunos inverosímiles, como el del albañil que caía del andamio al paso del santo, y al que mandó detenerse en el aire mientras iba a pedir permiso a su prior para hacer milagros, porque se lo tenía prohibido.

Intervino en muchos hechos como consejero del rey de Ara gón, siendo el más notable su intervención en el compromiso de Caspe, en el que quedó entreabierta la puerta que en su día posibilitaría la unión de los reinos de Aragón y de Castilla. Y, mientras estuvo convencido de la legitimidad de Benedicto XIII y de que el ejercicio de su pontificado iba a ser beneficioso para la Iglesia, estuvo a su lado siendo uno de sus más hábiles y eficaces consejeros. Aunque luego renunció a la confianza que el papa Luna le tenía porque vio que su tesonera actitud perjudicaba a la Iglesia y a las almas, entorpeciendo la solución del gran cisma de occidente.

Fue también hombre de letras. Profesor de lógica dos años en el Estudio General de Lérida, cuando todavía era un joven de veintisiete. Maestro de teología y profesor de ella seis años en la catedral de Valencia. Escritor de varias obras, en las que aborda con competencia los problemas filosóficos, teológicos y disciplinares más vivos que preocupaban en su tiempo.

Como se ve, San Vicente no es santo de una sola cara. Se ha corrido el peligro, y creemos que en ocasiones se ha caído en él, de cargar el acento en uno de estos carismas, dejando los otros en la penumbra, haciéndole santo de uno sólo, el de los milagros o el de la predicación. En la estimación del pueblo piadoso, que le tiene devoción, es casi exclusivamente el taumaturgo o el predicador en quien estaba encarnada la figura del segundo ángel del apocalipsis. El hombre componedor y consejero, el maestro y el intelectual quedan en segundo plano o llegan a desaparecer. Y este último detalle es el que aquí queremos nosotros poner de relieve, juntándolo con el de su devoción y el de su predicación. Vamos a hablar de la devoción de San Vicente a la

Virgen, puesta de manifiesto en la mucha piedad y en la mucha doctrina de que están llenos sus sermones.

Queremos escribir sobre la teología mariana en sus sermones, y antes creemos conveniente decir unas palabras sobre el Vicente intelectual, hombre de estudio y de reflexión. Fue un teólogo que destacó en la cátedra y en los escritos. Y de esta cualidad nos dejó buena constancia de los sermones. Hasta los cincuenta años no se dio a la vida de predicador ambulante, que conocería y recorrería todos los caminos de Europa. Y, aunque ya desde la infancia se había dado a conocer como sujeto excepcional del carisma taumatúrgico, cuando se dedicó al apostolado de la predicación fue cuando este carisma tuvo más oportunidades de realizarse y de manifestarse. Queremos decir con esto que tuvo muchos años para dedicarlos con sosiego al estudio, a la reflexión, a la enseñanza y a la pluma. Y para adquirir el sólido bagaje teológico del que tantas pruebas iba a dar su predicación.

Su preparación duró once años, durante los cuales le vemos estudiando en Valencia, en Barcelona y en la universidad de Tolosa. Luego, muy joven todavía, desempeña dos años cátedra en Lérida. Fruto de estos dos años de docencia son sus dos obras de carácter filosófico, a las que luego vamos a aludir. Seis años explicó teología en la catedral de Valencia, oficio en el que cesó al ser requerido por el papa Luna para ser su capellán en Aviñón.

La formación que recibió fue completa. Estudió a Aristóteles y Santo Tomás, adquiriendo buenos conocimientos humanísticos y teológicos y una capacidad de reflexión tal, que muy pronto se le consideró capacitado para dar cátedra en el Estadio General de Lérida. En Lérida escribió dos monografías, abordando en ellas los dos problemas más actuales a la sazón, planteados por el filósofo de turno que era Guillermo de Occam. Nos referimos a los opúsculos De suppositio terminorum y Quaestio sollemnis de unitate universalis. En los dos se reflejan las buenas cualidades del acierto en la elección de tema, pues se trataba de cuestiones al día, y de la huida de un nominalismo llevado al extremo, vicio muy extendido en aquellos tiempos. Cuando hacía todo esto contaba sólo veintisiete años. Como se ve, sus primeros pasos eran ya firmes.

Pero no sólo estaba impuesto en filosofía, ni era éste el campo en el que más debía destacar su conocimiento. Conocía perfectamente a Santo Tomás. Era teólogo de nervio, como se advierte en los escritos que vamos a citar y en los sermones, de los que vamos a espigar los datos de teología mariana útiles para este trabajo. También en los escritos teológicos tuvo buen cuidado de elegir temas de actualidad. Este detalle indica que san Vicente no era un intelectual desconectado de la realidad en la que vivía. Por ser predicador tenía que enfrentarse con mucha frecuencia con los judíos, en aquel entonces muy numerosos y muy activos en España. Se dice que convirtió miles de ellos. Hizo época en su vida una discusión pública qne tuvo con ellos en Tortosa. Para el diálogo, y probablemente fruto de las conversaciones tortosinas, escribió un opúsculo con título hiriente, pero que iba bien con el estilo de la época: Contra perfidiam judaicam. En él prueba que Cristo es el Mesías, y que la redención por él efectuada es universal, y alcanza a los gentiles y a los propios judíos, que la rehúsan.

Vivió de lleno el cisma de occidente. Este cisma tuvo su gestación histórica, pero tuvo sobre todo su gestación doctrinal y teológica. Si la sociedad cristiana soportó en su seno una división disciplinar y jerárquica tan honda fue porque previamente tomaron carta de naturaleza corrientes doctrinales que desvirtuaban el carácter sobrenatural de la Iglesia, convirtiéndola en una sociedad híbrida, y haciendo de ella, más que el "corpus mysticum" de Cristo, la "respublica christiana". San Vicente conocía la pequeña historia de las elecciones de los papas que se discutían la legitimidad. Conocía también las doctrinas teológicas que hicieron posible esta pequeña historia, y que nos explican hoy cómo y por qué la sociedad cristiana soportó entonces una situación que ahora nos parecería imposible. Por eso, en dos de las tres partes en que dividió su obra De moderno schismate vindica la sobrenaturalidad de los diversos factores que concurren en la Iglesia: origen divino de la institución del pontificado y de su unidad; asistencia del Espíritu Santo; ilegitimidad de las ingerencias extrañas a ella... Y en la parte dedicada a lo circunstancial e histórico se cuida muy bien de reflejar los principios dogmáticos que establece en las otras dos.

Con el Tratado de la vida espiritual se cierra el ciclo de sus escritos conocidos. Es un breve manual de vida espiritual. En sus correrías apostólicas le seguía mucha gente. Y para ella compuso este tratadito. Sabemos, además, que tenía anotada la Suma de Santo Tomás, con la que siempre hacía sus viajes de apostolado. La dejó en el convento de Alcañiz. Hoy desconocemos el contenido de estas glosas porque se ha perdido el ejemplar(1).

Merecen capítulo aparte los sermones, de los que vamos a entresacar los pensamientos vicentinos sobre la Virgen. El santo no escribió estos sermones, de los que se conservan varias ediciones en latín y en valenciano(2). San Vicente predicaba y sus oyentes transcribían luego lo que les había dicho el predicador(3). Algo parecido a lo que hacían los alumnos de las cátedras de Salamanca. Por este método tenemos hoy las relecciones de Francisco de Vitoria. No las escribió él, pero son un reflejo bastante exacto de sus enseñanzas.

San Vicente se manifiesta en los sermones como un predicador popular. No se piense que era sólo un moralizador de costumbres. Moralizaba, pero enseñando. Y enseñando la doctrina más sólida que encontraba en la Biblia y en la Suma de Santo Tomás(4). Catequizaba siempre, y tenía la difícil facilidad de hacer accesible lo más elevado a la gente sencilla. Sus sermones son un arsenal de sólida y profunda doctrina, puesta al alcance de la gente con la anécdota, el ejemplo, el diálogo, la comparación o la metáfora. Mezcla siempre estos recursos pedagógicos con razones, que suele tomar de ordinario de santo Tomás, y con razones y reflexiones de su propia cosecha. Al estilo de la época, trae con profusión textos de la Biblia, que luego interpreta y aplica acomodaticiamente, pero con ingenio y con habilidad. A veces con un exceso de habilidad, por lo cual, en estas ocasiones, valen su propia reflexión y las razones que encuentra en algún Padre o en la Suma, que el texto que toma de la Biblia. No faltan oportunidades en las que también pone a contribución de lo que está predicando, además de las razones sólidas que le dan unas palabras claras del evangelio, algún santo Padre, Santo Tomás, o su propia reflexión, el estudio crítico de un texto de la Escritura. Más adelante pondremos algún ejemplo. Claro, que no se puede comparar ni juzgar un estudio crítico de exégesis hecho en el siglo quince, con los medios elementales de que entonces se disponía, con los estudios críticos que se hacen en el veinte.

Esta doctrina sólida, hábilmente expuesta y explicada, la presenta el santo, como buen levantino, con viveza y colorido. Su exposición es plástica. Y nunca deja de hacer aplicaciones útiles y prácticas.


La devoción mariana del santo, en la estructura de sus sermones


Los sermones de San Vicente son un arsenal de honda piedad y de sólida doctrina marianas. La piedad del santo, y la que él quería infundir en sus oyentes para que la tuvieran y la sintieran, aparece en muchos detalles:


--Primero, en la introducción de todos los sermones.

--Segundo, en las escapadas marianas que frecuentemente realizaba.

--Tercero, en las intervenciones personales de María, que introduce en sermones no dedicados a ella.

--Cuarto, en los sermones dedicados particularmente a la Virgen.


1º) En la introducción de todos los sermones.- Los empieza siempre con un texto de la Biblia que contiene el tema que va a exponer. Sigue luego una indicación, a veces esquemática y otras ni siquiera llega a esquema, del desarrollo que va a hacer; y, a continuación, un saludo a la Señora. Con este saludo termina las introducciones. Pero, como vamos a ver en seguida, tiene también razón de ser como comienzo del desarrollo del sermón, pues el santo intenta que en el Avemaría se fundamente la utilidad práctica de lo que va a decir. El Avemaría es, pues, un saludo y sólido asentimiento de su predicación.

Esta práctica, que llegó a estar muy generalizada, ha desaparecido hoy, como van desapareciendo tantas cosas que tenían mucho de bien y nada de inconveniente. Se dice que fue el santo quien inició la costumbre de saludar a María al principio del sermón. Quizá sea cierto. Lo que sí es cierto, porque lo vemos en casi todos los sermones que se conservan, es que esta práctica era en él habitual. Si alguna vez no la saluda se ve como obligado a dar la explicación. Así, por ejemplo, dice en un sermón dedicado a la pasión del Señor: "Voy a hablar de Cristo como si lo estuviéramos viendo crucificado. Y del dolor de la Virgen María. A quien se siente presa de dolor no se le saluda diciéndole Ave, ni se dicen palabras gozosas a quien está llena de tristeza. Con ello se acrecentaría su dolor y nos diría: ¿cómo me saludáis con el Ave estando como estoy llena de angustia, de dolor, de amargura y de miseria?(5).

El saludo demuestra que el santo tenía un espíritu eminentemente mariano y que su quehacer quería que estuviera siempre presidido por María. Algo parecido a esos escritores que ponen el Ave en el comienzo de todos sus escritos, y aún en el encabezamiento de cada página. Pero en ocasiones él mismo manifiesta que el saludo es algo más que una simple manifestación de piedad hacia la Virgen, porque le dirige también las palabras del ángel, para, con su ayuda, poder él explicar bien él un tema que le parece difícil y misterioso; y para que, una vez explicado, lo entiendan debidamente los oyentes(6). O para que la doctrina no sólo sea bien expuesta y bien entendida, sino bien cumplida también(7).

La costumbre, pues, de saludar con el Ave María a la Virgen en todos los sermones, que se dice la inició él, y que ciertamente la practicaba siempre, era manifestación de su piedad hacia ella y de la confianza que en ella tenía para que sus palabras fueran bien entenddas y sus enseñanzas practicadas. Se trata, pues, de sentimientos de piedad, de veneración y de confianza en el auxilio y en la ayuda de María. María era para el santo la Señora a quien como predicador veneraba y el estribo y la apoyatura que buscaba para que su predicación fuera eficaz.


2º) En las escapadas marianas que frecuentemente realizaba.- Los sermones frecuentan mucho lo que podríamos llamar "escapadas marianas". En su predicación tocaba el santo toda clase de temas. Iba comentando los pasajes más importantes del evangelio domingo tras domingo; en muchas ferias, también; y asimismo en muchas festividades. Estos pasajes le daban a lo largo del año materia muy abundante y muy variada. Y unas veces con oportunidad, que venía por sí sola, y otras con oportunidad que buscaba él, hacía escapadas hacia la Virgen. San Vicente es un predicador que posee una pasmosa habilidad para hacerla aparecer en sus discursos. En ocasiones, con razón; en ocasiones, sin razón que se vea; pero siempre, al dictado de su obsesiva piedad mariana. Estas brevísimas disgresiones son como un suspiro del corazón, como un presente que ofrece a la Señora, como un desahogo de su piedad encarnado en un recuerdo, en una aplicación o en una analogía que tienen a ella por sujeto. San Vicente es como el enamorado que, oportuna o importunamente, hace escapadas para encontrarse con la persona que ama y poder mirarla o decirle aunque sólo sea una palabra. Explica, por ejemplo, con un análisis minucioso y largo, el texto de San Pedro, que dice que el Señor cargó sobre sí en la Pasión el peso de todos nuestros pecados. Llega a la coronación de espinas y habla del pecado de soberbia, de las señales con las que se manifiesta y de la fuente de donde procede. Una de sus manifestaciones es llevar la cabeza muy levantada. Y, sin más, introduce a María en la explicación diciendo: «A María nos la presenta el Cantar de los Cantares con la cabeza humilde cuando dice: "qué hermosa eres, amiga mía; tus ojos son como los de la paloma". No dice como los del halcón, que mira para acá y para allá»(8). Ya ha colocado su inciso mariano en este largo e impresionante sermón.


3º) En las intervenciones personales de María introducidas en sermones no dedicados a ella.- San Vicente hace intervenir con profusión a María en sermones que no están dedicados expresamente a ella, sino a un tema histórico o doctrinal de interés común sacado del evangelio o de los Hechos. Como levantino, era hombre de mucha viveza y de mucha imaginación. De ahí su propensión a dar vida a pasajes relatados escuetamente en el Nuevo Testamento, como la anunciación, el aviso dado a San José de que su esposa había concebido del Espíritu Santo, el encuentro de María con el Niño en el Templo. O a darla a escenas que la Escritura no cuenta, pero que son del todo verosímiles, como los encuentros y los diálogos entre María y los apóstoles o entre ella y la Magdalena desde la noche del viernes santo hasta la madrugada de la resurrección. Y entre estas mismas personas y ella durante el retiro del cenáculo en impaciente espera de la venida del Espíritu Santo. La vida que da a estas escenas o a los episodios, reales o imaginados por él, es bellísima. Los detalles que aparecen, tanto referentes a los hechos mismos como a las palabras que pone en boca de los que intervienen, son de un humanismo encantador.

Quizá estemos demasiado hechos a olvidar que la Virgen era una mujer de acusada psicología femenina, orientada siempre al bien, pero no oscurecida ni suplantada, sino perfeccionada y elevada por las singulares gracias que recibió. En los diálogos hace de ella San Vicente una madre del Señor llena de encanto y de ternura en las alegrías y en los cuidados que proporcionaba al Hijo. Llena de dolor aceptado y sufrido valientemente en los momentos de prueba. Singular ayuda y sostén para los discípulos, desorientados después de la pasión, o un poco cansados de esperar la venida del Espíritu durante los diez días de reclusión en el cenáculo. La función que María desempeña en estas escenas es importante. En ellas convierte el santo en vida buena parte de la doctrina que va enseñando.


4º) En los sermones dedicados particularmente a ella.- Por último, hay sermones dedicados por entero o en gran parte a la Señora. Por su peculiar singularidad recordamos dos. El que dedicó a la Concepción de María, comentando el texto de los Proverbios "nondum erant abyssi et ego jam concepta eram", y el que predicó en la Catedral de Mallorca a los sacerdotes y religiosos sobre las analogías que él encontraba entre los hechos de la vida de la Virgen y del Señor, por una parte, y los diversos actos que el sacerdote hace en la celebración del sacrificio de la Misa, por otra.

Recordamos el primero porque en él enseña San Vicente una doctrina, común a partir de él entre los dominicos de la provincia de Aragón a la que pertenecía, en contraste con la que los mismos religiosos defendían en otras partes. Me refiero a la concepción sin pecado original, defendida y enseñada por los teólogos de esta provincia. Y el segundo, porque es un esfuerzo de acomodación de toda la vida de María y del Señor, que fue un verdadero sacrificio, con la representación diaria de este sacrificio, que tiene lugar en el altar. Punto importante para una teología de las relaciones entre la Virgen y el sacerdote y para la espiritualidad sacerdotal mariana.

Espigaremos algunos pasajes en los que, siguiendo su costumbre de encerrar las verdades en una comparación, en una metáfora o en una analogía, pone al alcance de los fieles las más altas verdades. Al conjuro de su palabra se hace fácil lo difícil y llano lo que parecía inaccesible.

Recogeremos textos en los que el santo pone de manifiesto lo que él piensa sobre cada uno de estos puntos: 1. La maternidad divina de María. 2. Las relaciones de María con los redimidos. 3. La perpetua virginidad. 4. Las virtudes de la Virgen.

En nada de esto es original. Enseña lo que era pensamiento común en la Iglesia. Su originalidad está más bien en la manera de exponer unas verdades que eran comúnmente profesadas.


La maternidad divina de María


San Vicente profesaba este misterio como lo profesan todos los fieles. En definitiva se trata de un dogma de fe. Es interesante ver cómo explica una verdad tan alta utilizando metáforas y comparaciones ingeniosas. El uso de la metáfora y de la analogía es legítimo, no sólo en la predicación y en la catequesis, sino en la misma teología. Para la comprensión de las verdades de fe, dice el Vaticano I que recurramos a la analogía(9). De hecho, el Vaticano II ha hecho la teología de la Iglesia a base de metáforas, como vemos en los dos primeros capítulos de la constitución Lumen gentium(10). Y el propio San Pablo nos habla del misterio de la encarnación utilizando la metáfora del vestido(11).


El santo expone la maternidad divina de María con metáforas muy expresivas. Vamos a recoger cuatro:


--La esclavina del peregrino.

--El cristal cromado.

--El vellón de lana y la tierra fecunda.

--El pergamino escrito.


A) La esclavina del peregrino.- Comenta en un sermón las palabras que los discípulos de Emaús dirigieron al caminante que se les hizo el encontradizo. "¿Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no conoce lo sucedido allí?" Cristo, dice, es el peregrino. Vistió como los peregrinos; caminó por caminos parecidos a los suyos; se hospedó en alojamientos, sorteó peligros y llevó insignias parecidas a los alojamientos, a los caminos y a las insignias de los peregrinos. Justifica cada uno de estos capítulos haciendo comparaciones ingeniosas entre lo que significan y la analogía que tienen con determinados detalles de la vida del Señor.

Interesa a nuestro propósito el detalle del vestido. El peregrino tiene una manera característica de vestir. Tiene su atuendo especial, del que forman parte la esclavina, el bolso, el báculo y el sombrero. La esclavina y el sombrero le sirven para defenderse de las inclemencias del frío, de la lluvia y, del sol; el bolso, para guardar su elemental equipo de viaje; el báculo, para caminar un poco menos cansadamente. El Señor "se dice peregrino por el hábito que vistió. Llevó esclavina, bolso, báculo y sombrero". Cada una de estas cosas corresponde a un momento de su vida. La esclavina, a la encarnación. La esclavina cubre el cuerpo del peregrino y la carne que le dio María cubrió la divinidad del Verbo.

«La esclavina, sigue el texto del sermón, es su carne, que le fue dada en las entrañas de la bienaventurada Virgen. Porque, como dice Santo Tomás en la tercera parte de la Suma y, en el libro tercero de las Sentencias, la Virgen María tuvo parte activa en la preparación de la materia, aunque la concepción, como se dice en el mismo lugar, se atribuye eficientemente al Espíritu Santo; si bien fue toda la trinidad o fueron las tres personas las que la hicieron. Esta esclavina fue purísima en su principio, como formada de la purísima sangre de la Virgen, limpia de todo pecado. Por eso dice el Señor de sí mismo en el apocalipsis y de cuantos visten esclavinas o cuerpos puros: caminarán conmigo vestidos de blanco porque son puros»(12).

Sigue luego el texto desarrollando la metáfora de la esclavina que Cristo recibió de María, y dice que cambió de color a lo largo de su existencia. Y así, en la cruz se hizo roja, porque fue bañada en su sangre. Y trae a propósito un texto de Isaías. Luego, al morir, se hizo negra. Porque el sol, que es Cristo, tomó el color de saco hecho de pelo de cabra cuando el cordero abría el sexto sello, según se lee en el apocalipsis.

La explicación del misterio de la encarnación es cabal; como la de la maternidad divina de María. Ella engendró la humanidad con la que el Verbo se revistió; humanidad sujeta durante la vida a muchas mudanzas. Es, pues, madre del Verbo encarnado. Y quien la fecundó para hacer efectiva esta maternidad fue: por atribución, el Espíritu Santo; y de hecho, toda la Trinidad. Recoge en esto la doctrina del undécimo Concilio de Toledo, que Santo Tomás recuerda también en la tercera parte de la Suma(13).


B) El cristal cromado.- En un sermón que predicó el día de la vigilia de Pentecostés habla de la maternidad divina de María, explicándola con la metáfora del cristal cromado. Aquí la imaginación se desborda. En esta metáfora, que es muy compleja, no sólo queda apresada la Virgen. Quedan también las tres personas trinitarias, que fueron el principio fecundador de su maternidad. En la analogía del cristal cromado caben con justeza todo el misterio de la encarnación y el de la virginidad, como diremos en otro apartado más adelante. Juegan en esta exposición cuatro elementos. Tres divinos: el sol, que es el Padre; el calor procedente del sol, que es el Espíritu Santo, y el rayo, procedente asimismo del sol. que es el Verbo. Y uno humano, María, que es el cristal en el que actúan los tres. Pero para que la comparación sirva al caso que el santo se propone, que es manifestar la maternidad de María, el cristal es cromado(14). Más adelante veremos que la metáfora sirve también para explicar la virginidad en el alumbramiento del Señor y el embellecimiento que esta virginidad confiere a la madre.

El sol, el calor y el rayo actúan sobre el cristal cromado. En María, que es este cristal, actúan las tres personas de la trinidad, aunque la intervención se atribuya por apropiación sólo al Espíritu Santo. El único de los tres que traspasa el cristal tomando de él su color es el rayo. En este caso, el Verbo, quien, utilizando términos clásicos, decimos que intervino activamente, junto con el Padre y con el Espíritu, en la asunción de la naturaleza humana, pero sólo El se quedó tomando y apropiándose lo que era propio del cristal, el color, con una intervención que se llama terminativa. En otras palabras. Él solo y no los otros se quedó con nuestra naturaleza, donada por María y significada por el color del cristal. Color del que no participan ni el sol ni el calor, pero sí el rayo que lo atraviesa. La Virgen, que es el cristal, da al Verbo, que es el rayo, la naturaleza humana; y con ello resulta que se ha convertido en madre del Verbo encarnado.

Pero hay aquí un detalle más que conviene tener en cuenta, porque enriquece el concepto de la divina maternidad. Es cierto que el rayo toma el color del cristal, y que el Verbo toma la naturaleza humana de María. Pero es cierto también que el cristal cromado se embellece cuando lo atraviesa el rayo de luz. Su color cobra vida, y diríase que se perfecciona. Así sucedió en este caso, porque cuando el Verbo tomó carne en las entrañas de Santa María, quedó ella sobrenaturalmente embellecida con la gracia de la divina maternidad. Esta no es solamente una maternidad física, biológica y material, que dejaría a la madre en su estado natural. En ella va implicada una perfección sobrenatural, una gracia que la eleva, convirtiéndola en divina.


C) El vellón y la tierra fecunda.- Hace San Vicente una glosa de los textos de David y del profeta Ageo en los que la Virgen está representada por el vellón de lana y por la tierra fecunda. Bajará el rocío sobre el vellón y la lluvia sobre la tierra, dice David. Y Ageo añade: conmoveré la tierra, el cielo y el mar, y vendrá el deseado de las naciones. El rocío que cala y penetra secreta y silenciosamente en el vellón de lana y la conmoción del cielo, de la tierra y del mar en la venida del Señor le dan pie para afirmar la fecundidad divina de María y algunas circunstancias que rodearon el proceso de su maternidad.

«Ved, dice, cómo la encarnación fue oculta y secreta. De ella habla así David: "Descenderá como rocío sobre el vellón. A María la llama vellón, porque, como de la lana blanca se hace vestido para vestir, de la carne pura y limpia de la Virgen recibió su carne Cristo. Luego añade el profeta que caerá como lluvia que penetra en la tierra; porque, como la tierra fructifica, la Virgen María nos dio un fruto que es el hijo de Dios hecho hombre. El rocío cae sobre el vellón de lana sin sentirlo, y, como en secreto. Y así el Hijo de Dios descendió secretamente cuando lo anunció el ángel. hasta el punto que nadie supo nada de esto entonces más que el propio ángel y María. Es clara la diferencia que hay entre la encarnación y el nacimiento»(15).

Esta diferencia la da a conocer en el sermón del día siguiente, explicando el oráculo de Ageo. «Dentro de poco conmoveré el cielo, la tierra, el desierto y el mar; y vendrá el deseado de las gentes. Dice Ageo que conmoverá el cielo; y se explica porque, como asegura Santo Tomás en la primera parte de la Suma cuando un ángel recibe de Dios alguna revelación la comunica a los demás, de donde resulta que allí no hay nada que se mantenga secreto. Por eso el arcángel Gabriel, una vez que la trinidad le reveló la encarnación y el nacimiento del Señor, hechos de los que iba a ser nuncio, los dio a conocer a los demás; y así todo el cielo se conmovió de gozo y alegría. Y los malos también, porque veían en esto la reparación de la ruina por ellos causada. También se conmovió la tierra. La tierra era la Virgen, que iba a fructificar dándonos el fruto de la vida, y que se había conmovido al recibir el anuncio del ángel, como nos dice San Lucas. Se conmovieron así mismo el mar y el desierto, cuando, por el edicto del emperador, todas las gentes acudían a sus ciudades respectivas, unas por mar y otras por tierra. Así vino el deseado de todas las gentes»(16).

Las dos metáforas, unidas en el texto de David, el vellón sobre el que cae silenciosamente el rocío y la tierra en la que cae el agua para fecundarla, tierra que a su vez se conmueve en el texto de Ageo, dan pie al santo para exponer con toda sencillez y claridad los misterios de la encarnación silenciosa, del nacimiento acaecido en medio de una conmoción universal y de la fecundidad divina de María en la que el Verbo se encarnó siendo fruto benéfico para nosotros.


D) El pergamino escrito.- Ya advertimos más arriba que San Vicente suele hacer en sus sermones escapadas marianas, aunque no cuadre bien ni parezca oportuno hablar de la Virgen en el tema que está desarrollando. Así sucede con la analogía que ahora vamos a referir: Es la metáfora de la página, en la que el Padre escribió su palabra eterna. Esta página es María. Está predicando el evangelio de la mujer adúltera, y versa el sermón sobre las muchas enseñanzas que se desprenden del hecho y de las palabras que el Señor dirigió a los acusadores. Pero hay un detalle: Jesús escribía en tierra. Al santo le viene a la mente que Jesús es la palabra del Padre; que la palabra se escribe; y que el libro o la página en la que el Padre la escribió es María. Ya ha encontrado oportunidad, aunque sea una disgresión en el desarrollo de la homilía, para hablar de la divina maternidad de la Señora.

«Jesús es la palabra eterna de Dios Padre, y no es una palabra transitoria, como la que nosotros decimos con la boca. El Padre escribió esta palabra en una membrana virginal, en las entrañas de la Virgen María, porque leemos en San Juan que la palabra se hizo carne. Y en Isaías: "Toma un libro grande y, escribe en él". Este libro es la Virgen María, más grande que el cielo y la tierra, De ella dice el bienaventurado Bernardo en una homilía sobre el evangelio "missus": "¡Oh entrañas, más grandes que el cielo, porque quien en el cielo no cabía se encerró en vosotras!". En este libro escribió el Padre su palabra eterna en el mismo instante en que 1a Virgen consintió a las palabras del ángel diciendo: "he aquí la esclava del Señor". Porque en ese mismo instante la Palabra asumió la naturaleza humana para salvarnos y no para condenarnos»(17).

Partiendo del hecho de que el Hijo, al proceder del Padre por vía de entendimiento, tiene razón y ser de palabra mental, y de que San Juan dice en el prólogo del evangelio que Jesús es precisamente Palabra, parece normal que a la Virgen, que es su madre, se la llame página o libro en el que el Padre escribió su Verbo. Y tenemos aquí otra imagen de la maternidad. Sin embargo hay que decir que esta metáfora, aunque muy bella, expresa la maternidad con menos exactitud que las tres anteriores. En las anteriores se veía a María ejerciendo la función activa de dar al Verbo la naturaleza humana. Bien porque cubría al peregrino (al Verbo) con la esclavina (con su carne); bien porque daba al rayo de luz el color que ella tiene (su carne también); bien porque hacía germinar el fruto de esa tierra que era ella misma. Aquí, en cambio, en esta metáfora del libro o de la página, su función sólo aparece pasiva. Es el Padre quien escribe. Ella recibe la escritura. El Padre manda o envía al Verbo, y ella lo recibe. Es cierto que el Padre no envía al Verbo hecho ya carne; y que quien se la da es María. Pero esto no queda reflejado en lä metáfora utilizada aquí, como se reflejaba en las tres metáforas anteriores.


Relaciones de María con los redimidos


Están incluidas todas en la mediación, entendida en su sentido completo y total, que abarca "desde el instante del asentimiento que prestó con fidelidad en la anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la consumación perpetua de todos los elegidos. Pues, asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna"(18). A la mediación se le da un sentido particular, refiriéndola sólo a la distribución de las gracias que hoy hace desde el cielo. Pero en un sentido adecuado y total abarca toda la cooperación en la obra redentora: al prepararla, mediante la maternidad divina, con la que trajo al mundo al sujeto capacitado para realizar el sacrificio redentor. Al realizarla, mediante el sacrificio del Hijo y del suyo propio. Y al consumarla, mediante la resurrección y la subida al cielo. Y luego, al aplicarla o distribuirla, mediante la que viene llamándose mediación estricta o distribución de las gracias que ella con el Hijo nos ganó. Dando a la mediación este alcance total, vamos a ver qué dice San Vicente sobre la Virgen y nosotros.

Nos dejó escrita una página por la que, si viviera hoy, fácilmente se le encasillaría entre los feministas. Para las grandes mediaciones de la historia de la salvación, sea en mal o sea en bien, han sido elegidas mujeres. Comentando el anuncio de la resurrección que éstas hicieron a los apóstoles, dice: «El ángel las envió diciéndoles: "id y anunciad a los discípulos...". Sobre lo cual hay que notar que la primera mujer medió entre la serpiente y el hombre, acarreando con ello la perdición. La segunda, la Virgen María, media entre Dios y el hombre, haciendo nuestra reconciliación. Y éstas mediaron entre el ángel y los apóstoles anunciándoles nuestra salud y nuestra salvación. El hombre ya no se puede quejar de la mujer, porque, si la primera fue causa de condenación, la segunda le salvó y la tercera le anunció. Si la primera fue causa de nuestra muerte, la segunda fue causa de nuestra ida y la tercera anunciadora de nuestra salvación»(19).

Las afirmaciones del santo son tajantes. María "hizo nuestra reconciliación", "María nos salvó", "María fue causa de nuestra vida". No pone limitaciones, ni distingos, ni cortapisas. Pero aunque no distinga nada aquí, porque un sermón no es un artículo de teología técnica, a lo largo y a lo ancho de su sermonario se van encontrando ideas que perfilan, distinguen y aplican debidamente estas afirmaciones. La teología tiene ya hecho hoy su esquema técnico cuando habla de la redención hecha por Cristo y de la mediación realizada por El. Y aplica un esquema parecido a la colaboración redentora y a la mediación ejercida por María. Ir a los sermones vicentinos en busca de corredenciones objetivas o subjetivas, de mediaciones mediatas o inmediatas, sería tarea inútil. Tarea inútil en cuanto a encontrar los términos y la técnica teológica. No inútil en cuanto a encontrar las ideas que se encierran en estos encasillados. Le vamos a ver diciendo a sus oyentes que deben a la Virgen el poseer hoy a quien les redimió. Y, si todo cuanto de sobrenatural poseen lo deben al Redentor, no dejarán de tener deuda con la madre que se lo dio. Esto es algo parecido a una intervención mediata en la obra redentora. También le veremos diciendo que sumó a los de su Hijo los pasos que ella daba en su vida; y, sobre todo, que sumó sus dolores en la pasión a los dolores que El estaba padeciendo. Esto vale tanto como hablar de una cooperación directa e inmediata en la adquisición del tesoro del que luego los hombres nos íbamos a beneficiar. Y, asimismo, no le pasa por alto que la Señora toma parte en la distribución de este tesoro, haciendo que las gracias, que con el Hijo ganó para todos, lleguen a cada uno y las conviertan en su propia vida sobrenatural. Esto es subjetivizar lo divino en nosotros. Esto es el contenido de la que se llama corredención subjetiva mariana.


A) María entrega a los hombres a Cristo redentor.- María interviene en nuestro favor por el hecho de haber traído para nosotros al mundo a Cristo redentor. Esto no es todavía corredimir, pero es un paso firme hacia ello. La redención y corredención vendrían después. Era necesario preparar el sujeto redentor, que en la actual providencia no podía ser Dios ni podía ser el hombre. Ninguno de los dos estaba capacitado para hacerla. Dios no, porque no podía ejercer la función de sacerdote, que implica inferioridad moral frente al numen a quien ofrece el sacrificio; ni de víctima, porque, en razón de su impasibilidad, no podía sacrificarse. El hombre tampoco, porque, si bien no tenía ninguno de los dos impedimentos señalados, tenía el de no poder valorar infinitamente su acción sacrificadora. Y el Padre pedía tal medida por ser ésta la del contravalor del pecado para cuya remisión se pedía el sacrificio. Se precisaba la aparición de un sujeto que, por ser hombre, pudiera sacrificar y sacrificarse, y, por ser Dios, pudiera valorar infinitamente su acto sacrificador. Este sujeto nos lo dio la Virgen, que es, como hemos visto ya en el apartado anterior a través de bellísimas imágenes, la madre del hombre-Dios.

Pero no basta esto. No basta poder; es preciso dirigir lo que se hace. El Dios-hombre podía sacrificar y valorar con valor infinito su sacrificio, pero podía hacerlo sólo con intenciones latréuticas de gloria y alabanza al Señor, y prescindir de las intenciones compensadoras del mal del pecado. La intención compensadora no faltó en este caso. El Verbo se hizo hombre precisamente para redimirnos. El detalle no se escapa a la fina percepción teológica del santo. María sabía, porque se lo había dicho el ángel, que el Verbo quería encarnarse en sus entrañas para salvar al hombre de sus pecados. Y a este anuncio dio el asentimiento. No es, pues, sólo la madre del hombre-Dios. Es la madre del hombre-Dios-redentor. El libro en el que se escribió la palabra del Padre, y que es más grande que el cielo y la tierra, como nos decía el santo en una imagen que recordamos en el apartado anterior, fueron las entrañas de María, "cuando consintió al ángel, diciendo: he aquí la esclava del Señor. Entonces asumió la humanidad para salvarnos y no para condenarnos. Por eso dice san Lucas que el Hijo de Dios no vino a perder las almas, sino a salvarlas"(20). La Virgen, que nos ha dado al redentor, ha preparado el sujeto que nos salvará. Ha intervenido, pues, mediata, pero verdadera y eficazmente en nuestra redención.


B) María actúa por los hombres con Cristo redentor.- Su intervención en nuestro favor dio un paso más. Después de darnos al hombre-Dios-redentor unió los actos propios a los actos redentores del Hijo; hizo ella también el sacrificio del que todos nos íbamos a beneficiar. La afirmación vicentina es bien clara: «La Virgen María es mediadora entre Dios y los hombres haciendo la reconciliación... Si la primera mujer fue causa de nuestra muerte, la segunda fue causa de nuestra vida. La primera nos condenó; la segunda nos salvó»(21). Afirmaciones redondas y razón definitiva, que es la prerrogativa mariana de ser la segunda Eva.

¿Cómo hizo María nuestra reconciliación, cómo fue causa de nuestra vida, cómo nos salvó? También es tajante el santo en esto. «No fue Cristo sólo quien sufrió los dolores de la pasión. También la Virgen María, su madre. Y la razón es porque en el pecado de Adán el mal no sólo estuvo en él, sino también en Eva»(22). Otra vez la sólida razón de ser la segunda Eva. Luego, en el mismo sermón, después de exponer minuciosamente los dolores de la Señora, dice así: "En consecuencia, ella padeció con Cristo la máxima pasión".

«A la bienaventurada Virgen María, que según graves autores estaba en casa de María Magdalena, se le comunicó enseguida que Cristo, su hijo, había sido condenado a muerte. Toda buena madre puede pensar con cuánto dolor de corazón y de alma recibiría esta noticia. Pero no lo manifestó de ninguna manera que no fuera digna de su entereza y de su virginidad. No es verdad el relato fabuloso con el que impíamente se injuria a la gloriosa Virgen, según el cual corría como una mujer alocada de acá para allá, a todas las casas por las que iba siendo conducido Cristo, manifestando su dolor con los cabellos descompuestos, con lamentos, con llantos, con gestos y con muchas cosas que son frívolas y falsas... Hay tres modos de lamentarse. Uno, manifestando demasiado al exterior el dolor que en realidad se tiene, como sucedió a Helí, que cayó de espaldas y se rompió la cerviz al recibir la noticia de la captura del arca y de la muerte de sus hijos. Otro, simulando de manera descompasada un dolor que no se tiene, como sucede a las mujeres jóvenes que se lamentan de la muerte de sus maridos viejos o deformes. La manifestación exterior del dolor es inútil en los dos casos. En el primero, porque ya se creería que lo tienen, sin necesidad de manifestarlo hasta ese extremo. En el segundo, porque cuanto más se descompasan en manifestarlo menos se cree que los tienen. María se comportó ante el dolor de una manera digna. Lo sentía muy amargo en el corazón, pero no lo manifestaba de manera fea e inconveniente. Nunca se olvidó de su fe católica ni de su pureza virginal. Tenía fe en la resurrección del Hijo, y templó su incomparable dolor sin hacer ninguna manifestación que no fuera digna. Por eso dice Orígenes en un sermón sobre la pasión que la Virgen guardó dentro de. su alma todo el dolor que tuvo durante la pasión de Cristo, y que no se advirtió en ella la menor impaciencia ni el menor gesto descompuesto. Sólo las abundantes lágrimas de sus ojos indicaban el dolor que lleva ba dentro»(23).


C) María distribuye las gracias a los hombres.- María hizo nuestra salvación o fue causa de ésta dándonos el Hijo y, padeciendo y ofreciendo el sacrificio por nosotros con el Hijo. Las expresiones son vicentinas, según acabamos de ver. Pero, ¿subjetiviza en cada uno de los hombres el tesoro que ella con el Hijo nos ganó? ¿Hace que llegue a los redimidos? Nos estamos refiriendo ahora a la distribución de las gracias, a lo que viene llamándose mediación en sentido riguroso. También en este punto tenemos afirmaciones interesantes en los sermones. Las gracias pasan por sus manos a la hora de repartirlas.

San Vicente era un gran psicólogo. Manifiesta esta cualidad en 1os diálogos que finge entre los personajes que aparecen en los sermones y en las reflexiones que él hace por su cuenta. Ya hemos visto ha un momento con qué acierto habla de las personas lloronas. Pu bien; como psicólogo no se le escapa la observación de que, siendo la Virgen madre de los hombres, se comportará con ellos como madre. Y, en consecuencia, estará dispuesta a darles siempre, incluso aunque no le pidan. La madre da a los hijos sin que preceda la petición. Basta que advierta en ellos la necesidad. Y aun sin necesitar.

Dice explicando la escena de las bodas de Caná: «En este evangelio se pone de manifiesto la misericordia maternal de la Virgen. Ya sabéis hasta qué punto las madres son buenas con los hijos. Y, aunque los hijos no pidan lo que necesitan, la buena madre lo da. Así hace la Virgen con sus hijos devotos, sobre quienes está siempre con los ojos abiertos, y en el momento que necesitan algo se lo da también. Por esto la Iglesia dice de ella que es madre de gracia y madre de misericordia para los pecadores»(24).

Más adelante, en el mismo sermón, insiste en esta idea, añadiendo el detalle de que María corresponde generosamente a los hijos que le son devotos y tienen algún recuerdo de ella. «La misericordia maternal de la Virgen aparece porque no se lee que nadie le pidió interceder ante el Hijo para que resolviera la situación haciendo el milagro de convertir el agua en vino. Le bastaba tener el corazón piadoso y dulce, cosa muy beneficiosa para nosotros. Y si esto hace sin pedírselo, ¡cuánto más acudirá a nuestras necesidades si la invocamos piadosamente y vendrá a nosotros y a nuestras casas si la saludamos diciendo el Ave María!».

A continuación relata el favor concedido a un pecador porque, a pesar de estar en pecado, era devoto suyo y le rezaba. Y termina el pasaje así: «Por eso dice la Iglesia de ella: muéstrate siempre Madre. Reciba siempre tu petición quien, siendo Hijo tuyo, nació por nosotros».


D) La gracia de la doctrina y la de la donación del Espíritu.- Podrían multiplicarse los ejemplos de gracias concedidas por la Virgen y relatados por el santo en los sermones, pero vamos a recordar sólo la manera de comportarse con los apóstoles cuando convivía con ellos. Puede ser esto el índice de cómo se comporta con nosotros desde el cielo. Para ellos fue el maestro que les daba la doctrina, afianzándolos en la fe, y la intercesora por la que les llegó el Espíritu Santo, confirmándolos en la gracia que los santificaba. El pasaje es largo.

Empieza diciendo que hacen falta varias disposiciones para recibir el Espíritu. La cuarta es la que él llama "audientia doctrinalis", que quiere decir "oír la palabra divina". A este propósito describe bellamente lo que debe ser la predicación y la eficacia que tiene cuando es buena. La predicadora en este caso fue María. El Señor había dicho a los Doce que les mandaría el Espíritu, pero no les dijo cuándo. Estuvieron nueve días esperando, y llegaron al décimo un tanto desorientados y desesperanzados. Por la noche se dirigieron a la Virgen pidiéndole ayuda. Ella estaba rezando su oficio nocturno y no se atrevían a llamar a la puerta. Decididos, por fin, le exponen sus cuitas. Y la Virgen, con un método que parece copia del diálogo entre el Señor y los discípulos de Emaús, les fue abriendo las escrituras y haciéndoles ver cómo, por cómputos y antecedentes bíblicos, tenía que alargarse la espera del Espíritu hasta el día décimo, que estaba ya llegando. Antes, pues, de que el Espíritu bajara sobre los doce les dispuso la Virgen con la "audientia doctrinalis", o con la predicación, para que lo recibieran bien. En este caso hizo el papel de maestra y predicador. Concedió a los doce la gracia de la doctrina.

Tras la predicación vino la oración, que inmediatamente fue atendida. Copiamos del texto: «Y los apóstoles dijeron a la Virgen María: Virgen bendita, ruega tu con nosotros, porque tu Hijo te oirá enseguida. La Virgen se arrodilló y oró diciendo: Envía tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra. Serán creadas las virtudes infusas, las gracias, los dones y las perfecciones. Renovarás la faz de la tierra por la predicación de tus apóstoles y de tus discípulos. Una vez oró así la Virgen se oyó un gran ruido a manera de trueno que no asustaba sino que alegraba. Fue la respuesta a la voz de María. Inmediatamente bajó del cielo a manera de un viento vehemente y la casa se llenó de ruido y de fuego...»(25).

Este comportamiento de María con los que con ella convivían puede servir de índice para pensar cómo se porta con nosotros hoy desde el cielo, siempre, porque somos sus hijos. Y más, si somos hijos necesitados, como él mismo nos ha dicho en otro texto citado más arriba.


E) También viene por ella la gracia sacramental.- No excluye San Vicente de la intervención de María las gracias que llamamos sacramentales. Son éstas unas de las que, con visión un poco corta de la mediación mariana, suelen algunos teólogos excluir de su intervención mediadora. San Mateo termina el relato del ayuno y de la tentación en el desierto con estas palabras: "y llegaron los ángeles y le servían". Comentándolas el santo hace otra de sus clásicas escapada marianas, pues el tema parecía totalmente ajeno a la intervención de María.

«Lo que más necesitaba allí el Señor era comer, dice al comentar el episodio, y los ángeles le sirvieron la comida. Algunos santos contemplativos aseguran que fueron estos a comunicar a la Virgen la lucha y la victoria del Hijo, de quien no sabía dónde estaba ni qué le había sucedido. Estaba preparando su comida, que era caldo, espinacas y quizá también sardinas. La entregó a los ángeles para que se la llevaran, con el encargo de que si sobraba algo se lo llevaran a ella para comer ella también. Los ángeles la llevaron al Señor y le servían».

Y viene la aplicación: «Esto sucede con nosotros. Ahora, en cuaresma, estamos en lucha con el diablo. Si vencemos en esta lucha la gula, la vanagloria y la avaricia. vendrán el día de Pascua los ángeles, que son los sacerdotes, y nos servirán la comida preparada materialmente por la Virgen María y por el Espíritu Santo en la cocina de sus entrañas virginales, el cuerpo de Cristo. Conforme a lo que se lee en el apocalipsis: "al que venciere le daré un manjar escondido, que nadie conoce más que el que lo recibe"»(26). Aquí hay ya una gracia sacramental que San Vicente hace llegar a nosotros por María.


La perpetua virginidad


La virginidad hay que tratarla con mucha delicadeza y con mucha limpieza. San Vicente llamaría la atención y reprendería a cualquier teólogo o fiel que se enfrentara con este misterio con afán o con curiosidad científica más que con criterio teológico y piadoso. A lo que va a decir a sus oyentes sobre este privilegio de la Señora pone esta brevísima entrada: "Estoy hablando de una materia devota, de la Virgen encinta"(27).


A) La virginidad en la concepción.- De la virginidad en la concepción de Cristo habla comentando las palabras de San Mateo: "María estaba desposada con José, y antes de vivir juntos resultó que había concebido del Espíritu Santo". Por tres caminos se dio cuenta San José de que su mujer estaba encinta: por el de la experiencia sensitiva, por el de la revelación y por la excelente ejemplaridad que advertía en su mujer. Expone minuciosamente las dudas del santo patriarca. Por una parte eran evidentes los signos de la maternidad. Por otra sabía lo buena que era María, y no cabía en él pensar nada malo de ella. Se explaya describiendo las características de la mujer liviana, y a María la colocaba su conducta en los antípodas de esa descripción. «Pensad --dice luego dirigiéndose a los que le oían-- cuál sería la admiración de san José, siendo así que él no la había tocado, y que incluso nada más contraer matrimonio había sido inducido por ella, como dicen algunos santos doctores, a hacer juntos el voto de virginidad». Por todo esto sensiblemente constatado llegaba el patriarca a la conclusión de que en su mujer había algo humanamente inexplicable.

Y este algo se lo dio a conocer Dios mediante una revelación: «San José, sigue diciendo más adelante, que era santo, justo y bueno, recurrió a la oración y pidió a Dios que le aclarara el asunto, teniendo en cuenta lo que más tarde escribiría Santiago: "Si alguno de vosotros necesita conocimiento pídalo a Dios y se lo dará en abundancia". Así lo hizo diciéndole: "Señor, me hiciste una gracia muy grande al darme esta doncella por esposa, y veo ahora que está encinta. ¿Qué ha sucedido a esta santa mujer? Y lo repetía, y lloraba mucho. El Señor oyó tan devotas oraciones. Dice el evangelio que se le apareció en sueños un ángel y le dijo: "José, hijo de David, no temas. Lo que hay en ella es obra del Espíritu Santo...". Pensad la alegría que tendría el Patriarca cuando conoció así toda la verdad. Se alegró mucho de ser el esposo de la madre de Dios y daba muchas gracias al Señor»(28).

Al camino de la constatación experimental y de la revelación divina se añadía el tercero, que era la singularidad que había en María, singularidad que abonaba la persuasión de que lo que estaba sucediendo era cosa de Dios.

«En general, sigue diciendo el observador psicólogo que es el santo, las mujeres encinta están macilentas y descoloridas; son tediosas y antojadizas. Y en la Virgen no sucedía esto. Antes bien, desde que fue fecundada, y más aún cuando se acercaba el tiempo de dar a luz, dicen algunos santos doctores que de su cara salía cierto resplandor. Y esto es verosímil por razones de filosofía, de teología y de experiencia. De filosofía, porque el agente natural que da una forma da también los accidentes que siguen a la forma. El Padre dio a María a su Hijo, de quien San Pablo dice en la carta a los filipenses que es forma suya. No es extraño, pues, que apareciera en ella el esplendor que de esta forma procedía. La teología concluye lo mismo, porque, si Moisés tenía un rostro resplandeciente después de oír la palabra de Dios, con más razón lo tendría la Virgen después de concebirlo... Y lo mismo se puede probar por la experiencia, porque, si en una linterna de cristal limpio y hermoso se introduce una luz, parece más hermosa aún. Así sucedió en María».

Anotemos en la razón teológica la utilización del principio de teología mariana que se llama "principio de excelencia". En este sermón sobre la concepción virginal del Señor o de la virginidad de María antes del parto hace San Vicente una escapada que se podría calificar de crítica exegética, utilizando para ello los medios elementales de que en aquellos tiempos se disponía para esto. Se trataba de aplicar a la Virgen el conocido vaticinio de Isaías: "He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y éste se llamará Dios con nosotros". Y el santo sigue: «Dicen los judíos que nosotros no entendemos esta profecía por tres motivos...». A continuación se hace cargo de cada uno de ellos; y con una exégesis literal del texto, y con la comparación del mismo con otros del Antiguo Testamento, en los que se utilizan los mismos términos, llega a la conclusión de que el vaticinio sobre la concepción y el nacimiento virginal se cumplió en María.


B) La virginidad en el alumbramiento.- Cuando habla de la virginidad de María en el nacimiento del Señor no se extiende como cuando explica la concepción virginal. Tiene, sin embargo, afirmaciones firmes y razones concluyentes. Y utiliza una metáfora que no sólo ilustra la virginidad en el parto, sino que sirve, además, para ampliar el alcance de una de las razones que aporta, que es el respeto a los padres, preceptuado en el cuarto mandamiento.

Una razón por la que la virginidad en el parto queda asentada es la autoridad de Isaías, aducida ya en el punto anterior. El profeta habla de la virgen que concibe y que da a luz; en las dos funciones es virgen. Y el santo vindica para María el sentido profético del oráculo.

A esta razón de autoridad divina o de revelación añade otra, que es tradicional, y, que seguramente había leído en la Suma, que siempre llevaba consigo en sus correrías apostólicas. Nos estamos refiriendo al cumplimiento del cuarto precepto del decálogo. «Cristo. por privilegio especial, concedió a su madre que diera a luz sin dolor, contra el curso normal de la naturaleza. El Eclesiástico dice: "honra a tu padre y no olvidos el llanto de tu madre". Y Cristo guardó perfectísimamente la ley de honrar a los padres»(29). Este pasaje trae a la memoria el texto de Santo Tomás "sin ningún lugar a duda hay que afirmar que la madre de Cristo permaneció virgen en el parto...". Tercero, porque fue conveniente que al nacer conservara intacto el honor de la madre quien había mandado que la honráramos"(30).

Además de honrar el Señor a su madre haciendo, porque estaba en su mano poder hacerlo, que cuando le daba a luz quedara intacta su virginidad, la honró dignificándola. Así lo indica el santo cuando expone la metáfora del rayo de sol y del cristal. Éste es atravesado por el rayo sin que lo quiebre ni lo mancille. Pero en la exposición que hace hay un detalle. El cristal es cromado, y cuando el rayo lo atraviesa, no sólo no lo mancha ni lo quiebra; además, lo embellece, porque hace que los colores que tiene recobren vida. El cristal es María en esta metáfora. El rayo es Cristo, quien al nacer no sólo no rompió la virginidad de la madre, sino que le dio una nueva dignidad. Naciendo la dejó intacta y la santificó.


Las virtudes de María


La ejemplaridad de la Virgen como modelo de virtud sale muchas veces en los sermones. Como las virtudes son muchas, el tema de una o de otra afloraba con facilidad en las recomendaciones morales y prácticas que hacía a sus oyentes. Tenida en cuenta, por otra parte, su devoción mariana y su tendencia a hacer que la Señora apareciera en el sermón, no es extraño que se vean unidos en sus exposiciones los temas de alguna virtud y el de María. Vamos a espigar unos ejemplos.


1º) La fe de María.- María tuvo desde la encarnación conocimiento y fe en el misterio del hombre-Dios. El misterio se dio a conocer después a otros: a san José, a santa Isabel. Pero quien lo conoció desde el primer momento fue sólo la Virgen. Durante algún tiempo fue esto un secreto guardado entre el ángel y ella. Este conocimiento y esta fe le vinieron ya en la catequesis de la anunciación. «Como el rocío penetra secretamente en el vellón, así el Hijo de Dios bajó secretamente en el momento del anuncio; y nadie conoció el secreto más que el ángel y María»(31). El alcance de esta fe era grande; alcanzaba al misterio del hombre-Dios, porque el que de ella iba a nacer era el Verbo encarnado; y al de la redención, porque salvaría a su pueblo de sus pecados. Y, en consecuencia, desde el primer momento también tuvo fe en el de su maternidad divino-corredentora.

María fue la única que conservó la fe cuando más difícil se hizo conservarla y, más facilidad se encontró para perderla, en el tiempo de la pasión. Cuando veía perseguido, maltratado, condenado y, muerto al que era hijo suyo y de Dios; cuando veía al hijo abandonado por los que debían serle fieles, ella conservó intacta su fe; ella sola. En aquellos momentos seguía creyendo que era Dios y que volvería a vivir resucitando por su propia virtud. «Cuando la Virgen Madre gustó en su corazón aquel amargo dolor no olvidó su fe católica. Ella sola fue quien conservó la fe en la resurrección del Hijo»(32). También fue ella sola la que conservó la fe mientras el hijo muerto permanecía en el sepulcro. El hijo resucitado se le apareció antes que a nadie por varios motivos; entre ellos, porque quería premiar esta fe. «Es cierto, y aparece con bastante claridad en el texto del evangelio, que en el tiempo de la pasión de Cristo perdieron totalmente la fe cristiana los apóstoles y los discípulos. Todos pensaban de él que era un profeta santísimo, pero dudaban si era Dios y si era el Mesías. En aquel sábado sólo la Virgen María creyó sin dudar lo más mínimo. Por eso se hizo merecedora de que los sábados le dedicara la Iglesia su oficio»(33). Hay otro detalle, aprovechado también por el santo, para ver que sólo ella conservaba la fe en aquellos momentos. «Entre las mujeres --dice-- estaban María Magdalena y la otra María. Se preocupaban con diligencia y con afecto de cómo, pasado el sábado, podrían entrar reverentemente con el ungüento preparado para ungir al Señor. Con lo que queda bien de manifiesto que dudaban de la fe, pues no creían que había resucitado. Pero la Virgen no fue a ungir con las otras mujeres, porque en ella permanecía la fe cierta y verdadera»(34).

Como creyó desde el principio en la divinidad del Hijo, y durante la pasión en la resurrección que debería suceder al tercer día, creyó también en la venida del Espíritu Santo durante la espera de los diez días del cenáculo, a pesar de la intranquilidad y de la desesperanza de los discípulos. Ya vimos, al hablar de ella como mediadora activa de las gracias, que la noche de Pentecostés levantaba el ánimo y encendía la fe y la esperanza en los discípulos, que iban ya perdiendo las dos cosas. Su fe en la venida del santificador no se debilitó»(35).


2º) El amor de María.- Parece ocioso ya hablar de lo que San Vicente piensa y dice sobre la caridad y el amor de la Virgen. Amor a Dios, que era su Hijo; y amor a los hombres, que también lo somos. Bastará solamente recordar dos apuntes. El primero, sobre el amor a Dios. Explica las palabras del Señor en el evangelio de San Juan: "Quien me ama será amado de mi Padre, y le amaré yo y me manifestaré a él". Habla de las apariciones del Resucitado, y aunque el evangelio nada dice sobre la aparición a la Virgen, tiene como seguro que se le apareció antes que a nadie. Y aplica al caso las palabras en cuestión. «Es cierto --dice-- que no ha habido madre que haya amado a su hijo como María amó a Cristo. Y como éste aseguró que quien le ama será amado por el Padre y él mismo le amará y se le manifestará, síguese de aquí que se le debió manifestar»(36).

El otro apunte se refiere al amor que tenía a los hombres, y de él se ha dicho ya todo en las páginas anteriores. Este amor es el que inspira y preside toda su actividad como mediadora, de la que nos ha dicho ya muchas cosas el santo. Porque María nos quiere, intervino con el Hijo en la redención; y porque nos quiere, interviene también con El ahora en la distribución del tesoro redentor.


3º) Las virtudes de la convivencia en María.- Espigando entre las virtudes morales y de convivencia recogemos estos botones de muestra:


María era humilde.- «La bienaventurada Virgen se recomienda por su humildad cuando el Cantar de los Cantares dice: "qué hermosa eres, amiga mía, tus ojos son como los de la paloma". No dice como los de los halcones, que miran a todas partes y no tienen lo que se esconde dentro, que es la humildad»(37).

Tenía preocupación de vivir y actuar de suerte que vieran en ella buen ejemplo los demás. Habla de las visitas de la Virgen al templo con el niño y dice: «La Virgen iba al templo con el niño. Unas veces hacía calor, otras frío y otras viento. Iba cuando caía agua y cuando caía nieve. Si le hubieran preguntado ¿dónde vas con ese tiempo? Habría contestado que al templo. Y si le hubieran replicado ¿acaso no eres tu el templo del Señor? habría dicho ella poniendo punto final: Hago esto para que cuando lo sepan los cristianos no dejen de ir a la Iglesia a pesar de las inclemencias del tiempo»(38).

San José, como buen esposo. observaba atentamente a su mujer. San Vicente pone estas palabras en su boca: «No veo en ella ningún defecto. Al revés, encuentro que tiene todas las virtudes de una mujer perfecta»(39). Y en este mismo sermón hace el predicador un elenco de las virtudes que el santo patriarca veía en María, hasta el punto que "nunca había visto una mujer tan santa y devota como la suya; que siempre deseaba orar, leer, contemplar". Era callada y buena: «A la Virgen la han pintado con ojos grandes y boca pequeña, como si se quisiera indicar que tenía grande el ojo del corazón para contemplar y la boca pequeña para hablar". Era aseada y compuesta: "Nunca salía de viaje más que cuando iba al templo; y entonces iba bien compuesta, modesta y con un continente de santidad.". Era morigerada en el comer: "Comía sólo lo necesario para sostener el cuerpo. Con frecuencia ayunaba y guardaba abstinencia". Era trabajadora: "Nunca estaba ociosa, y siempre ocupada en cosas buenas". Respetuosa con su marido: "Aunque era joven, hermosa y noble, y su esposo viejo y pobre, le honraba más que ninguna mujer a su marido. Y San José siempre vio en ella un modelo de todas las virtudes»(40).

Todas estas virtudes se daban cita en una joven de hermosura física extraordinaria: «La de María era como la de Rebeca, de la que dice el Génesis que era una doncella muy compuesta, hermosísima y virgen, porque no había conocido varón. María era muy hermosa y bella, pero su hermosura era distinta de la de las otras mujeres, porque no movía a tentación, sino a devoción»(41).

Notas

1. La existencia de este escrito es indudable. El santo dejó la Suma de su uso, anotada además por él, en el convento de Alcañiz. El P. Teixidor dice que el Prior de dicho convento P. Tomás Madalena publicó un opúsculo titulado "Crisis teológica", en el que insertó las glosas que San Vicente había escrito de su puño y letra en los márgenes de dicha Suma (cfr Fages, Historia de San Vicente Ferrer, vol. II, pág. 6); Samuel d'Algaida, Una edicio de la "Summa" amb notes de S Vicent Ferrer, criterion, 1926, 441-55.

2. La edición que nosotros utilizamos es la latina, hecha por los religiosos del convento de Predicadores de Valencia bajo los auspicios y a expensas arzobispo de dicha ciudad Fr. Juan Tomás de Rocaberti el año 1693.

3. Cfr Proceso de canonización, edición de Fages (París-Lovaina, 1904).

4. En el mismo proceso de canonización hay testigos que dicen que citaba tanto la Biblia y con tanta espontaneidad que daba la impresión que la sabía de memoria. Sobre la utilización de Santo Tomás cabe decir que no sólo conocía la Suma, y, que la llevaba consigo siempre y la citaba en casi todos sus sermones; cita también otras obras suyas. En este mismo trabajo le veremos citar el comentario al tercer libro de las Sentencias.

5. Sermón del Viernes Santo.

6. Segundo sermón del Viernes de Pascua.

7. Primer sermón del Jueves de Pascua.

8. Sermón primero del primer domingo después de Pascua.

9. Constitución dogmática De fide catholica, cfr Denz. 1796.

10. Particularmente abundan las metáforas sobre la Iglesia en el nº 6. Pero la teología está hecha en el nº 7 a base de la metáfora paulina del cuerpo y en todo el capítulo segundo a base de la metáfora de pueblo.

11. Filipenses, 2,6-7.

12. Segundo sermón del día de Pascua.

13. Denz. 284; Suma Teológica, III, 3,4.

14. Sermón de la vigilia de Pentecostés.

15. Sermón de la vigilia de Navidad.

16. Sermón del día de Navidad.

17. Sermón del tercer domingo de Cuaresma.

18. Conc. Vaticano II, Lumen gentium, nº 62.

19. Sermón primero del día de Pascua.

20. Sermón del tercer domingo de Cuaresma.

21. Sermón del día de Pascua.

22. Sermón del Viernes Santo.

23. Sermón del Viernes Santo.

24. Sermón del primer domingo después de Epifanía.

25. Sermón del día de Pentecostés.

26. Sermón del primer domingo de Cuaresma.

27. Sermón de la vigilia de Navidad.

28. Ibid.

29. Sermón del día de Pascua.

30. S. Th. III, 28, 2.

31. Sermón de la vigilia de Navidad.

32. Sermón del Viernes Santo.

33. Sermón del día de Pascua.

34. Sermón del Viernes Santo.

35. Sermón del día de Pentecostés.

36. Sermón del día de Pascua.

37. Sermón del primer domingo después de Pascua.

38. Cuarto sermón del primer domingo después de Epifanía.

39. Sermón de la vigilia de Navidad.

40. Ibidem.

41. Cuarto sermón del primer domingo después de Epifanía.