San Vicente Ferrer, modelo de predicadores
Fray Alfonso Espronera Cedrán, O. P.

San Vicente Ferrer (Valencia, 1350-Vannes, 1419) ingresó a los dominicos de su ciudad natal a los diecisiete años. Una vez concluida su formación clerical en Filosofía y Teología, vivió su vocación dominicana siendo profesor en varios Estudios Generales así como en la cátedra de Teología de la catedral valenciana. Pero además esta actividad docente la simultaneó con la predicación y con la participación en importantes acontecimientos tales como el Compromiso de Caspe en 1412, en el que los compromisarios de los diversos reinos de la Corona de Aragón eligieron a Fernando de Antequera como rey de Aragón, ya que el rey había muerto sin descendencia. También participó en la reunión de Perpignan del mencionado rey, el Emperador alemán y Benedicto XIII. Ante la actitud dilatoria de este último, el 6 de enero de 1416 el Maestro Vicente después de celebrar la Misa -posiblemente una vez más elegido por su gran prestigio y arrastre popular- en nombre de Fernando I de Aragón, anunció la sustracción de la Corona de su obediencia a Benedicto XIII.

Sus últimos veinte años los consagró por entero a la predicación itinerante, lo cual no deja de tener su importancia y significación pues la predicación de obispos y sacerdotes no era tan habitual como en nuestros días. Ella le llevó a recorrer buena parte de la Europa occidental de su tiempo, iluminando los claroscuros de la vida de aquellas gentes con la luz del Evangelio por medio de su ardiente palabra. Cuentan los que lo conocieron que cuando llegaba a una localidad en la que iba a predicar se retiraba a donde iba a pasar la noche, porque había llegado el momento de la oración y del estudio contemplativos. Abría la Biblia, se enfrascaba en el estudio y meditación orante de la Palabra de Dios, tomaba sus notas y se sumía en profunda reflexión sobre los contenidos que predicaría al día siguiente. Cuando su cuerpo reclamaba el merecido descanso, descabezaba un sueño sobre las tablas de un rudimentario lecho y no pocas veces en el mismo y desnudo suelo. Los que acudían a escucharle mayoritariamente no lo hacían sólo por oír al predicador de moda, sino que eran atraídos por su vida entregada de lleno a la causa de la predicación del Evangelio, por su autenticidad de a­pós­tol y de apóstol dominico. Autenticidad que fue madurando y fraguando a través de una rigurosa as­cesis y una continua experiencia personal de Dios gracias al estudio -sobre todo de las Sagradas Escrituras- y a la oración. En pocas palabras, era por la integridad de vida de la que hablan los testigos de su Proceso de Canonización. Tal como se entendía en su tiempo, su predicación era fundamentalmente bíblica, pero también fundada en el pensamiento de los Padres y con el andamiaje filosófico-teológico de Santo Tomás de Aquino.

El escrito vicentino que más ediciones e influencia ha tenido a lo largo de los siglos es su Tratado de la vida espiritual. Posiblemente redactado hacia 1407 como respuesta a las preguntas formuladas por un novicio dominico que quería ca­minar y progresar encarnando el ideal de la predicación vivido según el es­tilo evangélico en la escuela de Santo Domingo de Guzmán. En dicha obra, Vicente no sólo muestra el conocimiento de los autores espirituales más prestigiosos en aquel momento, sino que además deja entrever su vivencia de dominico observante. Está vertebrado por ideas tales como una referencia permanente al santo Patriarca, la valoración de la pobreza y de la austeridad, destacando la obedien­cia y el amor al estudio conjugado con la oración. Todo ello al servicio de una única misión: la de ser útil al pró­jimo gracias a la predicación del Evangelio.
Vicente Ferrer a lo largo de los siglos ha sido modelo de predicador y de dominico.